El Composicionismo tritura: El activismo del me gusta

El activismo del me gusta

El Composicionismo tritura: El activismo del me gusta

Triturados del presente – Miércoles (28/10/2026)


Dar me gusta a una publicación. Repostear un vídeo. Compartir una infografía. Firmar una petición online. Cambiar la foto de perfil por la imagen de una causa. Añadir un marco de solidaridad a la imagen de cuenta. En los últimos años estas acciones se han consolidado como las formas más extendidas de participación política en las sociedades occidentales. Millones de personas realizan estos gestos cotidianamente con la sensación de estar haciendo algo por las causas que les importan. La pregunta que el Composicionismo necesita hacer es la que el entorno digital no puede hacer sin destruir su propio modelo de negocio: ¿qué transforma realmente ese gesto en las condiciones materiales que producen el problema que señala?


Función racional

La preocupación que está detrás es real y tiene base filosófica concreta.

La visibilidad de los problemas es condición de posibilidad de su transformación. Los problemas que nadie ve no producen demanda de cambio. La distribución masiva de información puede producir conciencia colectiva que a su vez puede producir presión política real. Eso no es trivial: hay casos en que la circulación masiva de contenido ha contribuido a producir movilización que ningún otro instrumento habría conseguido con la misma velocidad. La comunicación no es la acción pero puede ser su condición de posibilidad.

Y hay una dimensión legítima en la idea de que la expresión pública de posiciones tiene función social real: normaliza ciertas posiciones, señaliza que hay una masa crítica de personas que las comparte y produce el tipo de presión cultural difusa que puede cambiar lo que es socialmente aceptable decir y hacer. Eso no es nada, aunque tampoco es suficiente.


Soporte idealista/gnóstico

El problema no es que los gestos digitales contribuyan a la visibilidad de los problemas. El problema es la absolutización que convierte el gesto digital en sustituto de la acción política real y produce la sensación de participación sin la participación.

El activismo del me gusta opera con una estructura gnóstica precisa: hay un mundo dividido entre los que están del lado correcto y los que no lo están, y la expresión digital de esa posición es la forma de acción política disponible y suficiente. El me gusta no es un paso hacia la acción: es la acción misma. La teleología es fuerte: dar visibilidad a los problemas correctos desde la pantalla correcta es contribuir a la transformación del mundo. Lo que ocurre en las condiciones materiales concretas —las instituciones, las leyes, las relaciones de poder— queda fuera del análisis porque el gesto digital ha producido la sensación de que algo se ha hecho.

Eso es exactamente la apariencia organizada que el Composicionismo desmonta: presenta como acción lo que es señalización, como participación lo que es consumo de contenido político, como compromiso lo que es gestión de la identidad digital. El me gusta no transforma ninguna condición material: confirma al que lo da que está del lado correcto y al algoritmo que ese contenido merece más distribución.

Y aquí está el mecanismo de captura algorítmica más preciso: las plataformas tienen un interés estructural en que la participación política se quede en el gesto digital porque el gesto digital produce datos, tiempo de atención y publicidad. Una plataforma que convirtiera la indignación política en acción real fuera de la pantalla perdería usuarios en el momento en que la acción comenzara. El modelo de negocio de las plataformas requiere exactamente que la energía política se consuma en gestos dentro de la pantalla y no se transforme en acción fuera de ella. El activismo del me gusta no es un efecto secundario no deseado de las redes sociales: es su producto principal.

Hay tres inversiones filosóficas simultáneas que el fenómeno produce.

La primera es la sustitución de la acción por la señalización. El me gusta no transforma las condiciones que producen el problema: señaliza la posición del que lo da respecto a ese problema. Esa señalización tiene función social —produce visibilidad, normaliza posiciones, construye identidad de grupo— pero no tiene función política en el sentido de transformar las estructuras de poder que producen las condiciones que el gesto señala como problemáticas.

La segunda es la individualización de la acción colectiva. La acción política real requiere organización, coordinación y acción colectiva sostenida en el tiempo. El me gusta es individual, instantáneo y no requiere coordinación con nadie. Eso produce la sensación de participación sin las condiciones que hacen posible la transformación real: la organización, la constancia y la disposición a aceptar los costes reales que la acción política produce.

La tercera es la monetización de la indignación política. Las plataformas venden publicidad sobre el contenido que genera más reacción, y la indignación política genera más reacción que casi cualquier otro tipo de contenido. Eso produce un incentivo estructural para amplificar exactamente los contenidos que generan más indignación, independientemente de su veracidad o de su utilidad para producir transformación real. La indignación que no se convierte en acción es el producto más rentable del modelo de negocio de las plataformas. Y ese modelo es neutral respecto a las causas: amplifica la indignación de cualquier signo con igual eficiencia porque todas producen el mismo tipo de reacción rentable.


Inversión composicionista

El Composicionismo conserva la función real de la visibilidad como condición de posibilidad de la transformación y rechaza la absolutización que convierte el gesto digital en sustituto de la acción política real.

La distinción filosófica precisa es entre la comunicación política como instrumento de organización y coordinación de la acción real, y la comunicación política como sustituto de esa acción. La primera es filosóficamente legítima: las redes sociales pueden ser instrumentos de organización que producen acción fuera de la pantalla, que conectan a personas con disposición a actuar, que distribuyen información que orienta la acción concreta. La segunda es captura: produce la sensación de participación que consume la energía política sin transformar ninguna condición material.

El criterio composicionista de la acción política no es la visibilidad que produce sino la transformación de condiciones materiales concretas que genera. Una huelga que paraliza un sector produce transformación aunque nadie la vea en redes. Un millón de me gustas sobre el mismo problema no produce transformación aunque todos lo vean. La diferencia no es de escala sino de naturaleza: la acción real opera sobre las condiciones materiales que producen el problema; el gesto digital opera sobre la apariencia organizada que presenta el problema sin tocarlo.

El Composicionismo es crítico con el gesto digital independientemente de la causa que lo produce: el me gusta que señaliza adhesión a cualquier posición —de cualquier signo político, de cualquier orientación ideológica— produce el mismo efecto de sustitución de la acción real por la señalización simbólica. La neutralidad del bisturí respecto a las causas es filosóficamente necesaria: si el criterio fuera la causa justa, el sistema estaría prescribiendo causas concretas, lo que es exactamente lo que la filosofía no puede hacer sin convertirse en ideología.

Y hay una observación sobre el coste real de la acción política que el activismo del me gusta no puede hacer porque la contradice: la acción política real tiene costes reales —tiempo, energía, riesgo, incomodidad— que el gesto digital no tiene. Esa ausencia de coste no es una ventaja: es la señal de que el gesto no está haciendo el trabajo que la acción real requiere. Las transformaciones históricas reales han tenido costes reales para quienes las produjeron. La transformación sin coste es la promesa gnóstica de la salvación sin trabajo.


Resultado del triturado

El activismo del me gusta produce tres efectos de descomposición que conviene nombrar.

El primero es el agotamiento de la energía política en gestos que no transforman. La indignación ante los problemas es una forma de eros político con capacidad real de producir acción transformadora. Cuando esa energía se consume en gestos digitales que producen la sensación de haber actuado sin haber actuado, la disposición a la acción real se agota sin haber producido ninguna transformación. Las plataformas no roban la energía política: la redirigen hacia gestos que no la transforman en acción.

El segundo es la fragmentación de la acción colectiva en gestos individuales. La acción política real requiere organización sostenida que el me gusta no puede producir porque es individual, instantáneo y no genera compromiso con nadie. Una comunidad de un millón de personas que dan me gusta a las mismas posiciones no es una organización política: es una audiencia que comparte preferencias de consumo de contenido. La diferencia entre audiencia y organización es exactamente la diferencia entre el gesto digital y la acción real.

El tercero es la captura de cualquier posición por el modelo de negocio de las plataformas. Cuando una posición se convierte en contenido que genera reacción, las plataformas la amplifican porque produce datos e ingresos publicitarios. Eso no beneficia a la posición: la convierte en producto de consumo que puede ser rediseñado, descontextualizado y amplificado según los criterios del algoritmo, no según los criterios de quienes trabajan por esa posición fuera de la pantalla. Todas las posiciones quedan igualmente capturadas por ese mecanismo independientemente de su contenido.


Conclusión composicionista

El activismo del me gusta señala algo real: la visibilidad puede ser condición de posibilidad de la acción y la comunicación política tiene función social. Lo que no puede heredarse es la absolutización: el gesto digital como sustituto de la acción política real, la señalización de la posición correcta como forma de participación suficiente, la indignación consumida en pantalla como energía política gastada. El bisturí es neutral respecto a las causas: desmonta el gesto sin acción real porque el gesto sin acción no transforma ninguna condición material independientemente de qué posición señaliza. Las condiciones materiales no se transforman con me gustas. Se transforman con acción organizada, sostenida y dispuesta a aceptar los costes reales que la transformación requiere.

La posición no se defiende con un gesto. Se compone con acción real.

El mundo no se odia. Se habita.

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