El Composicionismo tritura: El feminismo hegemónico
Triturados del presente – Miércoles (19/08/2026)
El feminismo hegemónico es la forma dominante del feminismo en las instituciones y la cultura occidental contemporánea. No es un movimiento que critica desde fuera: opera simultáneamente como política de Estado —legislación, financiación pública, organismos de igualdad, lenguaje oficial, sanciones sobre quienes disienten— y como hegemonía cultural —series y películas, publicidad, programas de televisión, algoritmos de recomendación. Las dos dimensiones se refuerzan mutuamente: el Estado certifica lo que la cultura produce y la cultura naturaliza lo que el Estado legisla. Se presenta como la culminación histórica de la emancipación femenina y como el marco obligatorio desde el que deben leerse todas las relaciones entre hombres y mujeres. Sus categorías —patriarcado, brecha de género, violencia estructural, perspectiva de género— no son instrumentos analíticos opcionales: son el cristal a través del cual toda realidad social debe interpretarse. Quien no lo comparte no está equivocado: está del lado del opresor.
Función racional
El feminismo hegemónico detecta algo real antes de absolutizarlo.
Hay composiciones del eros colectivo contemporáneo que producen descomposición real y documentable: la mercantilización del vínculo afectivo, la destrucción de la paideia intergeneracional, el libertinismo como ideología que disuelve las formas de vida que sostienen la transmisión y el arraigo, la captura algorítmica del deseo que convierte el eros en consumo permanente sin composición duradera. Todo eso produce subjetividades más frágiles, vínculos más superficiales y un todo común con menor capacidad de sostenerse en el tiempo.
El feminismo hegemónico detecta esa descomposición y reacciona ante ella. Su preocupación por las formas en que ciertas composiciones del eros colectivo producen daño sobre subjetividades concretas tiene una base material real que no puede ignorarse. El dolor que señala es real. La pregunta filosófica no es si ese dolor existe sino si el diagnóstico que lo explica y la solución que propone son los correctos.
Hasta ahí, hay una preocupación legítima por la consistencia del todo común: un entramado que produce descomposición sistemática del eros y destrucción de las formas de vida que sostienen la transmisión y el arraigo merece examen crítico riguroso.
Soporte idealista/gnóstico
El problema es que el feminismo hegemónico localiza el origen de esa descomposición en el lugar equivocado y propone como solución exactamente lo que acelera la descomposición que diagnostica.
El patriarcado como categoría explicativa universal es la absolutización gnóstica central: hay un principio del mal —el dominio masculino estructural— que impregna todas las composiciones sociales y que es la causa de toda forma de daño sobre la subjetividad femenina. Esa absolutización no es el resultado del análisis de las composiciones concretas: es el punto de partida que el análisis no puede cuestionar. Y desde ese punto de partida, las composiciones históricas que han organizado el eros colectivo con mayor consistencia —la familia como composición de transmisión intergeneracional, la diferenciación de roles como organización funcional del vínculo, el arraigo como condición de posibilidad de la paideia— quedan automáticamente recodificadas como instrumentos de opresión patriarcal que deben deconstruirse.
Eso es la inversión gnóstica en su forma más culturalmente extendida e institucionalmente respaldada: convierte exactamente las composiciones que producen mayor consistencia objetiva en el todo común en el enemigo a destruir. La familia tradicional como composición puede producir transmisión intergeneracional estable, orientación del eros hacia formas que se sostienen en el tiempo, paideia que produce subjetividades capaces de recomponer. Que distribuya roles de manera asimétrica no la hace automáticamente inconsistente: la consistencia no se mide por la igualdad de posiciones sino por la capacidad de la composición de sostenerse sin autodestruirse ni destruir sus condiciones de posibilidad.
El Estado legisla la perspectiva de género como marco obligatorio, financia organismos que la administran y sanciona a quienes la cuestionan. La industria del entretenimiento produce el consenso que hace posible esa legislación sin resistencia: las plataformas y la televisión emiten series donde la familia tradicional es sistemáticamente el origen del trauma, donde la mujer que se realiza abandona el vínculo y donde la emancipación se mide por la capacidad de consumir, trabajar y desvincularse. La publicidad vende independencia femenina como producto. Los algoritmos amplifican el contenido que radicaliza porque la radicalización genera mayor tracción. Las dos dimensiones operan en paralelo y se refuerzan: lo que el Estado certifica como correcto la cultura lo presenta como deseable, y lo que la cultura presenta como deseable el Estado lo convierte en norma.
Y aquí está la paradoja que el feminismo hegemónico no puede ver desde dentro: las composiciones que destruye en nombre de la emancipación —el vínculo estable, la transmisión intergeneracional, la orientación del eros hacia formas duraderas— son exactamente las que protegían a las subjetividades más vulnerables de la captura mercantil y algorítmica del deseo. Al destruirlas sin reemplazarlas por nada más consistente, el feminismo hegemónico no libera el eros: lo entrega al mercado. La mujer que ya no está en la familia tradicional queda disponible como consumidora, como trabajadora precaria y como usuaria de las plataformas que gestionan su deseo como contenido. La emancipación del patriarcado produce la captura por el mercado. Y el feminismo hegemónico no puede verlo porque su diagnóstico tiene una sola variable.
La teleología es fuerte y produce ceguera estructural: la historia avanza hacia la superación del patriarcado, y cualquier composición que no se alinee con esa dirección es residuo del pasado que debe eliminarse. Las composiciones más antiguas y más estabilizadas —que tienen niveles de historicidad más profundos y mayor resistencia a la transformación precisamente porque han demostrado consistencia en el tiempo— quedan descartadas sin examen porque su antigüedad es prueba de su origen patriarcal, no de su consistencia objetiva.
Inversión composicionista
El Composicionismo conserva la preocupación real —hay composiciones del eros colectivo contemporáneo que producen descomposición— y rechaza el diagnóstico que localiza esa descomposición en el patriarcado como causa universal.
La pregunta composicionista no es cómo superar el patriarcado. Es qué composiciones del eros colectivo, del vínculo intergeneracional y de la paideia producen mayor consistencia objetiva en el todo común. Esa pregunta no tiene respuesta en ninguna ideología de género: tiene respuesta en el análisis de las formas materiales concretas que producen transmisión estable, arraigo, orientación del eros hacia composiciones duraderas y subjetividades capaces de recomponerse y contribuir al todo común.
Y ese análisis no puede descartar de entrada las composiciones más históricamente estabilizadas por el hecho de ser antiguas. La antigüedad no es prueba de injusticia: puede ser prueba de consistencia objetiva demostrada en el tiempo. Las composiciones que han sostenido la transmisión intergeneracional, el arraigo territorial y la orientación del eros durante siglos han demostrado una forma de consistencia que las composiciones más recientes —producidas en el laboratorio ideológico del feminismo hegemónico y certificadas simultáneamente por el Estado y por la industria del entretenimiento— no han tenido tiempo de demostrar ni han mostrado indicios de poder demostrar.
La descomposición del eros colectivo contemporáneo no tiene su origen en el patriarcado: tiene su origen en la captura mercantil y algorítmica del deseo que disuelve todas las formas de composición estable. El diagnóstico correcto no señala al hombre como opresor estructural: señala al mercado y al algoritmo como los verdaderos captores del eros colectivo, que capturan tanto a hombres como a mujeres mediante la disolución de todas las composiciones que no pueden monetizarse. Y el feminismo hegemónico, al destruir las composiciones más resistentes a esa captura, se convierte involuntariamente en su mejor aliado.
Resultado del triturado
El feminismo hegemónico produce tres efectos de descomposición que conviene nombrar.
El primero es la destrucción de las composiciones más consistentes en nombre de su superación. Al recodificar la familia, la diferenciación de roles y el arraigo como instrumentos de opresión patriarcal, destruye exactamente las composiciones que protegían al eros colectivo de la captura mercantil. El resultado no es emancipación: es disponibilidad para el mercado.
El segundo es la producción de subjetividades más frágiles en nombre de su fortalecimiento. Una subjetividad producida en la ideología de la emancipación permanente —sin arraigo, sin transmisión, sin composiciones estables del eros— no es más libre que la que existía antes: es más vulnerable a la captura algorítmica porque no tiene formas de vida estabilizadas desde las que resistir.
El tercero es la destrucción del espacio de composición común entre hombres y mujeres. Un marco que convierte al hombre en opresor estructural y a la mujer en oprimida estructural no produce composición del todo común: produce guerra de género que el mercado gestiona y los algoritmos amplifican. El eros entre hombres y mujeres no se libera declarando su politización total: se destruye como territorio de composición y se convierte en campo de batalla ideológico certificado por el Estado y reproducido por la industria cultural.
Conclusión composicionista
El feminismo hegemónico detecta correctamente que hay composiciones del eros colectivo contemporáneo que producen descomposición. Lo que no puede heredarse es el diagnóstico: esa descomposición no tiene su origen en el patriarcado sino en la captura mercantil y algorítmica del deseo que disuelve todas las composiciones estables. Y la solución que propone —la deconstrucción de las composiciones más históricamente consistentes, certificada por el Estado y naturalizada por la industria cultural— no produce emancipación: produce mayor disponibilidad para la captura. El eros colectivo no se libera destruyendo las formas que lo orientaban. Se compone recuperando las condiciones materiales en las que puede sostenerse.
La emancipación no se administra. Se compone.
El mundo no se odia. Se habita.

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