El Composicionismo tritura: la frase “El Estado es el único agresor”
Triturados del presente – Miércoles (10/06/2026)
El anarcocapitalismo es la corriente filosófico-política que lleva el liberalismo clásico hasta su conclusión más radical: si la libertad individual es el valor supremo y la coerción su negación, entonces toda institución que ejerce coerción ilegítima debe eliminarse. Y la institución que ejerce coerción por definición, la que recauda impuestos sin consentimiento individual, la que regula sin permiso de cada afectado, la que monopoliza la violencia en un territorio es el Estado. El Estado es el único agresor real. El mercado libre, basado en intercambios voluntarios entre individuos que consienten, es el único espacio de libertad genuina. Sin Estado, la cooperación espontánea y la propiedad privada producirían espontáneamente el orden, la justicia y la prosperidad que las instituciones políticas prometen y nunca entregan. Rothbard lo formuló con precisión. Mises lo fundamentó económicamente. Milei lo lleva a los gobiernos.
Función racional
La preocupación que está detrás es real y tiene una historia filosófica larga que no puede despacharse con un gesto.
El Estado ha sido históricamente uno de los instrumentos más eficaces de opresión, expolio y destrucción de poblaciones concretas. Los imperios coloniales eran Estados. Los totalitarismos del siglo XX eran Estados. Las dictaduras latinoamericanas, africanas y asiáticas del siglo pasado eran Estados. La pregunta de cómo limitar el poder del Estado, cómo evitar que el monopolio de la violencia legítima se convierta en instrumento de dominación de unos sobre otros, es una de las preguntas filosóficas y políticas más importantes y más urgentes de la modernidad. No es una pregunta de ingenuos ni de irresponsables: es la pregunta que está detrás de toda la tradición constitucionalista, de la separación de poderes, de los derechos fundamentales y de los límites al poder ejecutivo.
La crítica de la burocracia estatal como productora de ineficiencia, captura regulatoria y perpetuación de sus propios intereses tiene también base empírica real. Los Estados pueden ser capturados por grupos de interés que los usan en beneficio propio presentándolo como bien general. La regulación puede producir barreras de entrada que protegen a los establecidos frente a los competidores. Los impuestos pueden financiar gastos que benefician a minorías organizadas a costa de mayorías dispersas. Esas observaciones no son inventadas: son fenómenos documentados que cualquier análisis honesto del Estado tiene que reconocer.
Y la defensa del intercambio voluntario como forma de coordinación que respeta la autonomía de los participantes tiene una función racional legítima: hay algo valioso en la idea de que las transacciones entre personas que consienten libremente producen resultados que ninguna planificación central puede replicar con la misma eficiencia informacional.
Soporte idealista/gnóstico
El problema no es la crítica del Estado. El problema es la absolutización que convierte esa crítica en cosmología moral con estructura gnóstica precisa.
El anarcocapitalismo divide el mundo en dos principios ontológicos: el intercambio voluntario —puro, legítimo, productor de orden espontáneo— y la coerción estatal —impura, ilegítima, productora de destrucción. Esa división es gnóstica en su estructura: hay un principio del bien —el mercado libre— y un principio del mal —el Estado— y la salvación consiste en eliminar el segundo para que el primero pueda operar sin obstáculos. La teleología es fuerte: sin Estado, el orden emerge espontáneamente de la cooperación libre entre individuos propietarios.
La absolutización opera en tres niveles simultáneos.
El primero es ontológico: el individuo propietario preexiste a cualquier institución social. Sus derechos de propiedad son naturales, anteriores al Estado y anteriores a cualquier composición colectiva. Eso es exactamente el sujeto trascendental que el Composicionismo desmonta: no hay individuo que preceda a las condiciones materiales, institucionales y culturales que lo producen. El propietario que el anarcocapitalismo postula como punto de partida es el resultado de siglos de composiciones jurídicas, culturales y políticas que el mercado libre no puede producir por sí solo porque las presupone.
El segundo es histórico: el mercado libre nunca ha existido en la forma que el anarcocapitalismo describe. Los mercados históricos reales han sido siempre composiciones institucionales que requieren derechos de propiedad garantizados, contratos ejecutables, moneda estable, infraestructura y resolución de conflictos. Todo eso requiere instituciones que no pueden producirse espontáneamente porque su producción requiere exactamente el tipo de acción colectiva vinculante que el anarcocapitalismo declara ilegítima. El mercado libre puro es una abstracción trascendente: nunca ha existido ni puede existir en la materialidad histórica concreta.
El tercero es normativo: la coerción estatal y el intercambio de mercado no son los únicos dos tipos de relación social posibles. Entre el Estado que oprime y el mercado que libera hay una complejidad de composiciones institucionales —asociaciones, comunidades, instituciones culturales, formas de reciprocidad no mercantil— que el anarcocapitalismo no puede ver porque su ontología solo tiene dos categorías. Y esa invisibilidad produce exactamente el tipo de reducción que el bistúrí composicionista desmonta: la realidad social es más rica que cualquier dualismo ontológico.
La caverna algorítmica amplifica el fenómeno: el anarcocapitalismo produce aforismos perfectos para redes —“los impuestos son robo”, “el Estado es violencia”, “el mercado libre o la barbarie”— que generan engagement inmediato porque tienen la estructura de la revelación: una verdad simple que desmonta todo lo que creías saber. Milei es el político que ha comprendido mejor esa lógica algorítmica y la ha convertido en programa electoral.
Inversión composicionista
El Composicionismo conserva la crítica del Estado como poder capturador potencial y rechaza la absolutización que convierte el mercado en sustituto del todo común.
La pregunta composicionista no es Estado o mercado. Es qué composiciones institucionales producen las condiciones materiales en las que las subjetividades pueden recomponerse y el todo común puede sostenerse. Esa pregunta no tiene respuesta universal ni puede responderse desde la pureza ontológica del intercambio voluntario.
El Estado no es el único agresor. Es una composición institucional que puede ser compositiva o capturadora según cómo se organice, a quién responda y qué límites tenga. Un Estado que garantiza derechos, distribuye condiciones de posibilidad de la vida compartida y limita el poder de los actores privados más poderosos puede ser más compositivo que un mercado desregulado que concentra la propiedad hasta hacer imposible el intercambio genuinamente voluntario entre partes con poder equivalente.
Porque aquí está el límite más preciso del anarcocapitalismo: el intercambio voluntario entre partes con poder radicalmente asimétrico no es libre. Es la forma más eficaz de dominación sin coerción visible. El trabajador que “elige libremente” aceptar las condiciones de trabajo que le ofrece el único empleador disponible en su territorio no está ejerciendo libertad: está siendo capturado por una asimetría de poder que el mercado produce y el Estado podría limitar. La voluntariedad sin condiciones materiales de posibilidad equivalentes es la apariencia organizada de la libertad: presenta como elección lo que es necesidad disfrazada de contrato.
La implantación estatal no es un accidente histórico que el mercado podría haber evitado: es la condición de posibilidad de cualquier composición política duradera. Los mercados históricos reales no han emergido espontáneamente de intercambios voluntarios entre individuos libres: han sido producidos y sostenidos por Estados que garantizaron derechos de propiedad, ejecutaron contratos, establecieron monedas, construyeron infraestructuras y resolvieron conflictos mediante instituciones con poder vinculante. Sin esa implantación no hay mercado: hay correlación de fuerzas desnuda entre los que tienen más y los que tienen menos, sin institución que limite la captura.
Resultado del triturado
El anarcocapitalismo como ideología produce tres efectos de descomposición que conviene nombrar.
El primero es la legitimación de la captura privada. Si el Estado es el único agresor, los actores privados que acumulan poder suficiente para determinar las condiciones de vida de millones de personas —plataformas tecnológicas, fondos de inversión, monopolios industriales— quedan fuera del examen normativo. Su poder no es coerción porque no usa la violencia directa del Estado: usa la dependencia económica, el control informacional y la asimetría contractual. Eso no es libertad: es dominación sin uniforme.
El segundo es la destrucción del todo común como categoría. Si toda acción colectiva vinculante es ilegítima porque presupone coerción, entonces no hay base para la producción de bienes comunes que el mercado no puede producir: ecosistemas, conocimiento básico, salud pública, infraestructura, seguridad colectiva. La symploké finita no puede gestionarse mediante intercambios voluntarios individuales porque sus efectos son irreversibles y colectivos: ningún contrato privado puede internalizar la destrucción de la red viva mayor.
El tercero es la paradoja de la propiedad. El anarcocapitalismo funda todo en los derechos de propiedad como derechos naturales anteriores al Estado. Pero los derechos de propiedad actuales son el resultado de siglos de composiciones históricas —conquistas, expropiaciones, enclosures, colonizaciones— que el Estado produjo y garantizó. Defender esa propiedad como natural es defender como punto de partida legítimo el resultado de exactamente el tipo de coerción estatal que el anarcocapitalismo declara ilegítima. La contradicción es material, no retórica.
Conclusión composicionista
El anarcocapitalismo señala un problema real: el Estado puede ser capturado y convertirse en instrumento de dominación. Lo que no puede heredarse es la solución: eliminar el Estado para que el mercado libre produzca espontáneamente el orden y la justicia. El mercado sin institución no produce libertad: produce correlación de fuerzas desnuda entre desiguales. El todo común no se compone mediante intercambios voluntarios entre individuos que se preceden a sí mismos. Se compone mediante instituciones que producen las condiciones materiales en las que la libertad real es posible.
El Estado no es el único agresor. Es una composición que puede sostener o destruir el todo común según cómo se organice. La pregunta no es si existe. Es cómo se compone.
El mundo no se contempla. Se compone.

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